Chevrolet Corvette: un mito forjado a lo largo de casi 70 años

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Si te gustan los autos, hace mucho tiempo que conocerás el nombre Corvette. Y seguro que tienes formada una idea clara de lo que para ti representa. En mi caso lo conocí gracias a un catálogo de 1979 con todos los auitos que mi padre me regaló cuando era tan pequeño que no conocía ni a Blancanieves (no exagero).

Y lo vi en movimiento por primera vez en Falcon Crest, una serie norteamericana de los años 80 en la que uno de los protagonistas (Chase Gioberti) le regalaba uno rojo a su mujer. Recuerdo que no entendí aquel regalo; yo entonces le habría dado el Mercedes SL que él conducía y me habría quedado el flamante Corvette.

Con los años completé mi propia idea de lo que supone Corvette, sobre todo en comparación con los coches europeos con los que podía rivalizar (Porsche 911 y Mercedes SL, sobre todo). Diseño afilado y espectacular, salpicadero rectilíneo muy típico al otro lado del Atlántico, sonido bronco, potencia bruta y acabados mejorables.

El nombre Corvette es en realidad una forma de entender los autos deportivos que sólo podía desarrollarse como se desarrolló en Estados Unidos, nunca en Europa. Es el ejemplo de la línea deportiva con un largo capó y de los potentes motores V8 (aunque en sus orígenes llevaba un seis cilindros en línea) en los tiempos en que los diseños aún hacían guiños a la carrera aeroespacial y gastar más galones conduciendo a 55 millas por hora no suponía ningún problema.

Cuando se proyectó el primer Corvette la II Guerra Mundial todavía estaba reciente. A principios de los años 50, autos como los Porsche 356, Mercedes 190 SL o Jaguar Tipo E comenzaban a despertar la admiración entre los entusiastas de los coches deportivos. Eran más bien pequeños, tímidamente veloces (el Jaguar lo era de veras), transmitían calidad y pronto se convirtieron en símbolo de status. Así que General Motors, que entonces crecía como la espuma porque fabricaba la mitad de los coches que se vendían en Estados Unidos, lo tuvo claro: había que crear un biplaza que se convirtiera en objeto de deseo.

Aquella decisión, impulsada por Harley Earl (un presgitioso ingeniero y diseñador de GM) en 1951, se presentó dos años más tarde en Nueva York bajo el nombre Corvette EX-122. Era un modelo descapotable, de líneas suaves en su carrocería de fibra de vidrio, con un precioso parabrisas curvado y multitud de cromados que en junio de 1953 salió por primera vez de la línea de montaje. Con un motor de seis cilindros en línea y 3,9 litros que entregaba 150 CV, pronto se dieron cuenta que el rendimiento no era el deseado, así que después de sólo 300 unidades (que son ‘oro’ para los coleccionistas) optaron por instalarle un V8 de 4,3 litros con 195 CV.

Después vendrían más mejoras a este modelo original: un ligero rediseño a partir de 1956, un techo que de forma opcional se accionaba de forma eléctrica (los modelos americanos siempre han sido vanguardistas al aplicar soluciones eléctricas) y una transmisión manual… de sólo tres velocidades; muy pocas para un modelo que aumentaba entonces la potencia de su V8 hasta los 240 CV.

1958: Corvette Roadster

Los estilos iban variando, y al igual que hacían fabricantes como Ferrari, que tendían a sustituir las ópticas delanteras simples por dobles, el Corvette adopta este detalle en el nuevo frontal, que completa con la prominente abertura en la aleta delantera, justo detrás de las ruedas anteriores. No hubo un gran aumento de potencia, que subió hasta los 290 CV, pero lo más curioso llegó tres años más tarde, en 1961.

¿Te imaginas que un auto estrena de mitad para atrás el diseño de la generación siguiente, pero de mitad hacia delante sigue siendo igual? Pues eso es lo que hicieron en General Motors, de forma que pasó a tener una trasera con curvas distintas y cuatro pequeños pilotos.

1963: segunda generación

En realidad la trasera ya creada encajaba mucho mejor en el diseño del tercer Corvette, que esta vez se encargaría de desarrollar Larry Shinoda. La carrocería, todavía de fibra de vidrio, se ofrecía por vez primera cerrada (contaba con una luna trasera dividida en dos que a partir de 1965 pasaría a ser de una pieza) y bajo el capó, que también por primera vez ofrecía faros escamoteables, se escondía un V8 de 360 CV.

Es en esta generación cuando el Corvette pierde algo de esa elegancia propia de Malibú y empieza a transformarse en lo que hoy entendemos como ‘muscle car’ bajo la denominación Sting Ray. Si encuentras una unidad de esta generación, echa un vistazo a los laterales por si hay unas placas con la leyenda ‘427’ en los laterales. Tendrás entonces la seguridad de que esconde un bloque V8 de 7,0 litros con 425 CV. Porque damos por hecho que nunca te encontrarás con la versión L88 de este motor (sí, quizá la veas en Fast N’loud), que sobre el mismo motor extraía 430 CV… en teoría; siempre se ha dado por hecho que las 20 unidades fabricadas, todas ellas de 1967 daban entre 500 y 600 CV.

1968: tercera generación

Respetando las líneas del protototipo Mako Shark II, que una vez pude contemplar de cerca en el Museo que General Motors tiene en Detroit y, es cierto, recuerda a las formas de un tiburón, el C3 anticipa ya un diseño setentero: más afilado, musculado y con una trasera que conserva las cuatro ópticas, aunque de mayor tamaño. Las estrictas normas de seguridad norteamericanas hicieron que apareciera una versión tipo Targa (copiando la solución de Porsche con el 911), como consecuencia de la desaparición de la versión cabrio. Y los más puristas se dejaron tentar por la versión ZL-1, que equipaba el conocido motor 427.

Las 500.000 unidades producidas se alcanzan en 1977, demostrando que este coche de nicho era ya un emblema entre los deportivos. Y ello queda también patente con la versión 25 aniversario y con la presencia del Corvette como ‘Pace-car’ oficial en la 62 edición de las 500 millas de Indianápolis, celebradas en 1978.

1983: cuarta generación

43 unidades anticipan la que será cuarta generación, que comienza su producción oficial en 1984 y se pone a la venta en todo Estados Unidos menos en California (por la particular normativa anticontaminación de este Estado). Se trata de un auto de apariencia moderna, sin presencia ya de cromados y con una línea que en rasgos generales mantendrían sus sucesores. Aunque en el apartado mecánico no hubo al principio grandes cambios, de los 230 CV de la versión básica se fueron pasando hasta los 450 CV gracias a la adopción de un turbocompresor, estando entre ambas una variante ZR-1 con 380 CV capaz de rodar a 280 km/h.

A esta generación le correspondieron dos versiones conmemorativas, la 35 y la 40 aniversario. exploró en 1986 la tracción total (que no llegó a producirse) y se mantuvo en producción hasta 1996, cuando el Corvette Grand Sport cerró la producción con un motor V8 de 330 CV.

1997: quinta generación

Nueva plataforma, una aerodinámica muy mejorada y un renovado motor V8 de 345 CV son los atributos principales del quinto Corvette. Aquellos que lo compraron durante el primer año de producción sólo lo tenían disponible como Coupé, mientras que los que querían la versión Cabrio tuvieron que esperar un año más.

Novedades como el Head Up Display estuvieron disponibles por primera vez en el deportivo americano, que tuvo una versión Z06 con algo más de potencia (406 CV). El hecho de que parte de su desarrollo final se realizara en Europa demuestra la voluntad de General Motors de aumentar las ventas de Corvette en nuestro continente (sobre todo en Alemania). Y fruto de ello es el logro de un comportamiento muy mejorado respecto a su antecesor y una mayor eficiencia en el consumo

2005: sexta generación

Ya sin faros escamoteables, el Corvette C6 llega al mercado en 2005 con la intención redoblada de igualarse a los grandes deportivos europeos en materia de prestaciones y comportamiento. Se utilizan por primera vez aluminio y carbono para el chasis, además de fibra de carbono para la carrocería en el Corvette más potente, que alcanza los 635 CV.

Y, como el grado de desarrollo debe ser demostrado, se convierte en un habitual de los campeonatos GT, donde en 2008 se proclama campeón de su categoría en las 24 Horas de Le Mans por delante de Porsche, Lamborghini y Ferrari.

2017: séptima generación

Es el modelo que hemos visto hasta estas fechas. Impacta su imagen brutal, que conserva rasgos como el alargado capó y las salidas de aire tras las ruedas delanteras. El emblema de los deportivos americanos apareció con un motor V8 6.2 de 455 CV, para el que había disponible un cambio manual de siete velocidades (como hizo Porsche con el 911 de la generación 991), además de con una más común transmisión automática de seis velocidades que después fue sustituida por otra de ocho.

Pero ya se sabe que un Corvette actual no se entiende sin una versión ZR1, que en su última versión ha elevado la locura de su poder hasta los 755 CV y la sintonía de su motor hasta un bramido intimidante.

2020: octava generación

Es casi un atrevimiento reimaginar un icono como el Corvette, y habrá que ver cómo los seguidores de la marca aceptan un coche con motor central cuya estética recuerda en gran medida a la de un Ferrari. Sin embargo, si la primera generación de este deportivo americano naciera en estos tiempos, jamás habría un Corvette de gasolina (otra cosa sería un hipotético eléctrico) con el motor delante del piloto.

Su techo duro retráctil ofrece disfrutar a cielo abierto del potencial del bloque V8 6.2, que con 502 CV y un par motor de 637 Nm le permite pasar de 0 a 100 en sólo 2,9 segundos y alcanzar 312 km/h de velocidad punta. Todo para que la emoción, aunque transformada de elegancia a deportividad pura en el transcurso de estos casi 70 años, siga estando latente.

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