Sandra West, la guapa millonaria que fue enterrada dentro de su Ferrari

0
358
guapa millonaria

En el cementerio Alamo Masonic de San Antonio, Texas, hay una lápida pequeña y excesivamente discreta que dice «Sandra West, 1939-1977». Si algún día un terremoto u otra fuerza de la naturaleza removiera el terreno, lo que a pocos centímetros surgiría bajo la fina capa de césped y tierra que la rodea no sería un ataúd, sino una superficie de cemento de una longitud y anchura algo mayor que la de una plaza de aparcamiento.

No se puso allí para evitar filtraciones de agua de lluvia, sino porque la propia difunta que yace más abajo pidió ser enterrada dentro de un Ferrari 330 América y no quería tener a nadie por ahí husmeando el auto en un futuro e interrumpiendo su descanso.

La vida de Sandra West resultó más bien breve y estuvo cargada de relumbrón. Fue el típico caso de una mujer hermosa que contrae matrimonio con un magnate, en este caso del petróleo que abunda al oeste del Estado de Texas. Vivían en Beverly Hills, tenían joyas, autos, caprichos… todo lo que se suele atribuir a los multimillonarios. Pero una vida que parecía tan perfecta en realidad no lo fue: Ike West Jr, su marido, murió en 1968 cuando sólo tenía 34 años, dejándola a ella viuda con apenas 29.

La estabilidad de Sandra se desmoronó. Quizá porque sentía un amor muy profundo por su marido, un informe psicológico que salió a la luz habla de cómo se convirtió en una psicótica con tendencia hacia la paranoina y la alucinación. Y es una mala combinación la de estar deprimido, tener infinidad de tiempo libre y un montón de medicamentos con prescripción médica sobre la mesilla de tu dormitorio.

Pero no, no fue una sobredosis que recuerde a la de Marilyn Monroe la que se llevó a Sandra al otro mundo el 10 de marzo de 1977, sino las graves secuelas de un accidente de tráfico que había sufrido un año antes.

Se ve que cuando uno es multimillonario siempre tiene detrás a sus abogados recordándole la necesidad de dejar escrito testamento, y Sandra West no lo pasó por alto. Más allá de las típicas estipulaciones sobre los herederos (todo se lo dejó a su cuñado), lo más sorprendente es que pedía ser enterrada al lado de la tumba de su marido dentro de uno de sus tres Ferrari, con ella al volante y el asiento abatido (si vas a estar toda la eternidad así, al menos que estés cómodo). Además, debía llevar puesta su ropa interior favorita e indicaba la selección de sus joyas que debían darle más glamour al cuerpo.

Para complicarlo más, el auto tenía que estar dentro de una caja de madera, no fuera que su preciosa carrocería se deteriorara con la tierra y con la capa de cemento que pedía por encima para evitar a curiosos y entrometidos.

Los periódicos de la época hablan de que algunos familiares sintieron ansiedad porque el sepelio se descontroló; más de 300 curiosos sin nada que ver con la familia se acercaron para ver el espectáculo de cómo una grúa metía la caja con el auto y la excéntrica difunta en el enorme hueco.

La historia nunca cayó en el olvido y todavía hoy llegan curiosos al cementerio para ver y fotografiar el lugar en el que descansa Sandra en su Ferrari. Quién sabe si dentro de muchos siglos habrá una especie de Indiana Jones que decida profanar la tumba en busca del Ferrari, como si fuera el tesoro de un faraón egipcio.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here