Leblanc Caroline GTR: el desconocido cuatro cilindros del millón de dólares

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Corría el año 1999 cuando la desconocida marca suiza Leblanc presentaba su hypercar, en una época en la que esta clase de vehículos se encontraba en pleno apogeo. Sus características técnicas podrían hacer levantar la ceja a algunos, con un cuatro cilindros de dos litros montado en posición central. Pero que este dato no os haga dudar, pues se trataba de un auténtico integrante de Le Mans para carretera.

Al final de una década dominada por modelos de la talla del Lamborghini DiabloMcLaren F1 o Mercedes CLK GTR, un coche con motor de cuatro cilindros y apenas dos litros de cilindrada parece que no va a dar la talla. Sin embargo, en Leblanc estaban seguros de que su Caroline GTR tenía todo lo necesario para hacerse un hueco entre ellos, pues su auténtica fuerza residía en que su concepción era la de un vehículo de competición con permiso para circular por carretera, algo apenas visto hasta ese momento.

La mecánica elegida era, cuando menos, modesta. No se dirigieron a los 12 cilindros, ni a los ocho, ni tan siquiera a los seis. Se presentó con un motor de cuatro cilindros en línea, turbo, pero eso sí, con 512 caballos y montado en posición central. ¿La razón? Buscar la ligereza en cualquier resquicio posible.

En este sentido, la carrocería estaba fabricada de manera artesanal y completamente de fibra de carbono, mientras que el chasis contaba con materiales como titanio o magnesio. Las puertas eran de un tamaño casi testimonial para ofrecer la mayor rigidez posible al monocasco, mientras que su apertura era de tipo ‘mariposa’. En conjunto, sus creadores consiguieron parar la aguja de la báscula en unos asombrosos 785 kilos, lo que se traducía en una relación peso/potencia de 1,53 kilos/caballo –como referencia, el Ferrari SF90 Stradale cuenta con una relación de 1,6 kilos/caballo.

Curiosamente y a pesar de la búsqueda del mínimo peso posible, Leblanc ofrecía la posibilidad de incorporar aire acondicionado en el salpicadero. Y es que su fabricación artesanal permitía configurar el coche a medida, hasta tal punto que algunas fuentes indican que podían acomodar el motor que el cliente desease, incluido uno de Fórmula 1.

Por supuesto, en otros aspectos era un puro modelo de competición. Tenía una dirección dura y directa de apenas un giro entre topes y en el interior era necesario colocarse cascos en el caso de que se quisiese entablar conversación con el acompañante debido al elevado ruido de la mecánica y a la ausencia de cualquier elemento aislante. 

Hablemos de su mecánica, que utilizaba una base Cosworth. Se trataba de un motor de cuatro cilindros en línea, dos litros de cilindrada, turboalimentado, con una relación de compresión de 8:1 y unas cifras de 512 caballos y 539 Newton metro. Valga como ejemplo de su concepción radical que la tapa de válvulas del motor formaba parte de la estructura del chasis.

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Con una transmisión manual de seis relaciones, anunciaba un 0–100 kilómetros/hora en apenas 2,7 segundos y una velocidad punta teórica de 341 kilómetros/hora.

Por supuesto, un vehículo de estas características era caro. Tan caro que el precio que pedían era superior a 1,1 millones de dólares, una cifra que, aunque actualmente parece normal entre los hypercars de este tipo, era casi ridícula en 1999. Tal vez por ello no tuvo la repercusión suficiente, con tan solo de tres a cinco unidades fabricadas.

La marca volvería a la palestra en 2005 con el Mirabeau, un vehículo con el mismo concepto de competición pero llevado un paso más allá, con una carrocería tipo barchetta al estilo de los prototipos de Le Mans de comienzos de la década y una mecánica V8 sobrealimentada.

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