El caso del Liceo Naval no debería ser solamente una noticia. Debería obligarnos a mirarnos al espejo.
Lo ocurrido recientemente en el Liceo Naval Almirante Guise, en San Borja, ha generado indignación, preocupación y muchas preguntas.
Una denuncia por una presunta agresión sexual contra un estudiante de 16 años, ocurrida durante el traslado de un grupo de escolares, terminó involucrando a varios adolescentes y activando investigaciones de la Fiscalía y la Policía. El caso continúa bajo investigación y corresponde a las autoridades determinar responsabilidades.
Pero más allá de lo que determine finalmente la justicia, existe una pregunta que como sociedad no podemos esquivar:
¿Qué nos está pasando?
Porque sería demasiado fácil decir que estamos ante «unos malos muchachos», señalar a sus familias, responsabilizar exclusivamente al colegio y pasar la página.
Sería cómodo.
Y también sería insuficiente.

¿Estamos criando hijos o simplemente adolescentes que sobrevivan?
Durante años hemos hablado de bullying, violencia escolar, acoso, discriminación, agresiones físicas y violencia sexual.
Pero muchas veces reaccionamos solamente cuando el problema explota.
Cuando aparece una denuncia.
Cuando un video se vuelve viral.
Cuando los medios de comunicación informan.
Cuando la Policía interviene.
Cuando ya existe una víctima.
¿Y antes?
¿Dónde estábamos?
Esta pregunta incomoda porque la responsabilidad no pertenece únicamente a una institución educativa.
También nos corresponde a los padres.
A las familias.
A los colegios.
A las autoridades.
A las redes sociales.
Y a una sociedad que muchas veces normaliza comportamientos que deberían encender todas las alarmas.
La violencia no aparece de la noche a la mañana
Un adolescente no aprende de repente que humillar, golpear, acosar, someter o violentar a otra persona es aceptable.
Detrás de una conducta violenta pueden existir múltiples factores: modelos de comportamiento aprendidos, presión del grupo, falta de límites, normalización de la violencia, consumo de determinados contenidos, ausencia de supervisión o dificultades para reconocer y respetar los límites de los demás.
Eso no significa justificar una conducta.
Significa intentar comprender cómo prevenirla.
Porque castigar después del daño es necesario cuando corresponde.
Pero educar antes del daño es todavía más importante.
Una sociedad que también se está enfermando
Hay enfermedades sociales que no aparecen en un análisis de sangre.
Se manifiestan cuando nos acostumbramos a insultar.
Cuando nos reímos de la humillación de otro.
Cuando compartimos videos de agresiones como si fueran entretenimiento.
Cuando convertimos la violencia en contenido.
Cuando decimos «son cosas de adolescentes».
Cuando creemos que un niño o adolescente debe aprender solo a defenderse.
Cuando confundimos autoridad con miedo.
Cuando confundimos masculinidad con violencia.
Cuando pensamos que hablar de sexualidad, consentimiento y límites con nuestros hijos es incómodo y preferimos evitar la conversación.
Ahí también estamos fallando.
¿Dónde estaban los adultos?
Esta es otra de las preguntas que el caso obliga a formular.
Según información difundida sobre la investigación, el hecho denunciado habría ocurrido dentro de un vehículo durante el retorno de una actividad deportiva y había adultos responsables en el traslado. Las autoridades investigan las circunstancias y las eventuales responsabilidades.
La pregunta no es solamente quién hizo qué.
También debemos preguntarnos:
¿Qué mecanismos de prevención existían?
¿Había protocolos?
¿Había supervisión efectiva?
¿Los adolescentes sabían a quién acudir?
¿Los adultos estaban preparados para detectar señales de violencia?
¿Existía un ambiente donde una víctima pudiera hablar sin miedo?
Estas preguntas no buscan reemplazar a la investigación.
Buscan aprender de ella.
Y los padres, ¿cuánto conocemos realmente a nuestros hijos?
Quizás esta sea una de las preguntas más difíciles.
Porque muchos padres creemos conocer perfectamente a nuestros hijos.
Sabemos qué comen.
Qué colegio frecuentan.
Qué deporte practican.
Pero…
¿Sabemos qué hablan en sus grupos de WhatsApp?
¿Sabemos qué videos consumen?
¿Sabemos cómo tratan a sus compañeros?
¿Sabemos si alguna vez participaron en una agresión grupal?
¿Sabemos si son víctimas de bullying?
¿Sabemos si tienen miedo de alguien?
¿Sabemos si ellos mismos están ejerciendo violencia contra otro?
No se trata de perseguirlos ni invadir cada espacio de su vida.
Se trata de acompañarlos.
De conversar.
De establecer límites.
De enseñarles que una persona nunca pierde su dignidad por ser diferente, más débil, más tímida o simplemente por decir «no».
Los números deberían preocuparnos
Y este no parece ser un problema aislado.
Según datos del sistema SíseVe citados por El Comercio, entre enero y agosto de 2026 se registraron 1.183 reportes de violencia sexual entre estudiantes de primaria y secundaria. Dentro de ese universo, 77 fueron clasificados como violación sexual. En 2024 y 2025 se registraron 1.745 y 1.697 reportes de violencia sexual entre escolares, respectivamente.
Los números no son solamente estadísticas.
Detrás de cada reporte hay un estudiante.
Una familia.
Una historia.
Y, muchas veces, una consecuencia que puede acompañar a una persona durante toda su vida.
Dejemos de reaccionar solamente cuando el escándalo explota
El verdadero desafío comienza ahora.
No basta con investigar este caso.
No basta con sancionar si se determinan responsabilidades.
No basta con emitir comunicados.
No basta con indignarnos durante algunos días en redes sociales.
Tenemos que preguntarnos qué estamos haciendo para que nuestros hijos aprendan algo mucho más importante que una buena nota:
a respetar al otro.
A entender el consentimiento.
A reconocer los límites.
A pedir ayuda.
A denunciar.
A no convertirse en cómplices.
A no celebrar la violencia.
A no guardar silencio frente a una injusticia.
Y a entender que ser parte de un grupo nunca significa tener derecho a destruir a otro ser humano.
No miremos hacia otro lado
El caso del Liceo Naval todavía debe ser esclarecido por las autoridades.
No corresponde condenar anticipadamente a quienes están siendo investigados ni convertir la tragedia de un adolescente en un espectáculo mediático.
Pero tampoco corresponde mirar hacia otro lado.
Porque si algo debería dejarnos esta situación es una pregunta mucho más grande que el propio caso:
¿Qué clase de sociedad estamos construyendo mientras nuestros hijos crecen frente a nosotros?
Tal vez el problema no sea solamente que nuestros adolescentes estén cambiando.
Tal vez también tengamos que preguntarnos cuánto hemos cambiado nosotros.
Porque una sociedad verdaderamente preocupada por sus niños y adolescentes no espera a que ocurra una tragedia para comenzar a conversar.
Educa antes. Escucha antes. Interviene antes. Protege antes.
Porque cuando finalmente todo sale a la luz, muchas veces ya es demasiado tarde.
Redacción Leo Benavente Ibañez













