«Tienes más de 50 años»: la frase que sigue cerrando puertas al talento y avergonzando al mundo corporativo.

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«Tienes 50 años, estás sobrecalificado.»

Probablemente sea una de las frases más discriminatorias que siguen circulando con total naturalidad en el mundo corporativo.

Es la forma elegante de decir:

«No sabemos qué hacer con alguien que ya aprendió, que ya vivió crisis, que ya tomó decisiones difíciles y que no necesita que le expliquen cómo funciona la realidad.»

Lo paradójico es que las empresas hablan constantemente de liderazgo, resiliencia, experiencia y capacidad para resolver problemas. Sin embargo, cuando encuentran a alguien que reúne todas esas cualidades, muchas veces lo descartan únicamente por su edad.

Vivimos en una época obsesionada con la juventud. Se asocia la innovación con tener menos de 30 años y se confunde experiencia con obsolescencia.

Pero la realidad es muy distinta.

Las personas mayores de 50 años suelen aportar algo que no se aprende en un curso ni en un tutorial de internet: criterio.

Han enfrentado recesiones económicas, transformaciones tecnológicas, reestructuraciones empresariales, negociaciones complejas y cambios permanentes. Han aprendido a gestionar personas, conflictos y presiones sin perder de vista el objetivo.

La experiencia no impide innovar. Al contrario, permite distinguir entre una moda pasajera y una verdadera oportunidad.

Mientras muchas organizaciones invierten millones en formar nuevos talentos, dejan escapar a profesionales que ya poseen ese conocimiento, esa disciplina y esa capacidad de adaptación que solo los años pueden ofrecer.

El envejecimiento de la población es una realidad en casi todo el mundo. En pocos años, las empresas tendrán que competir por atraer talento experimentado, no por excluirlo.

Las organizaciones más inteligentes serán aquellas que combinen la energía de los jóvenes con la visión estratégica de quienes llevan décadas construyendo resultados.

Porque la innovación no tiene fecha de nacimiento.

Y la experiencia nunca debería convertirse en un motivo de descarte.

Quizá haya llegado el momento de cambiar la pregunta.

En lugar de preguntar «¿No eres demasiado grande para este puesto?», habría que preguntarse:

¿Cuánto talento estamos perdiendo por seguir creyendo que la edad es un problema y no una ventaja competitiva?

Redacción Leo Benavente Ibañez

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