“¿SALVACIÓN O DESASTRE? LA IZQUIERDA RADICAL QUIERE REINVENTAR EL PERÚ”

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Prometen justicia social… pero el fantasma del colapso económico vuelve a asustar al país

En el Perú de hoy, hablar de izquierda radical genera reacciones viscerales. Para muchos, es sinónimo de atraso, estatismo y crisis; para otros, representa una esperanza de cambio frente a un modelo que no ha logrado cerrar brechas históricas. Pero más allá de prejuicios o simpatías ideológicas, vale la pena hacerse una pregunta incómoda: ¿hay algo rescatable que la izquierda radical podría aportar al país?

Primero, hay que reconocer una realidad que incomoda a todos los sectores políticos: el crecimiento económico peruano de las últimas décadas no ha sido suficiente para garantizar bienestar equitativo. Regiones enteras siguen abandonadas, la informalidad domina el mercado laboral y los servicios públicos —salud, educación, transporte— están lejos de ser dignos. Aquí es donde la izquierda radical encuentra su principal bandera: poner el foco en las desigualdades estructurales.

En ese sentido, uno de sus aportes potenciales es forzar el debate sobre temas que muchas veces la política tradicional evita: la redistribución de la riqueza, el rol del Estado en sectores estratégicos y la necesidad de una descentralización real. Aunque sus propuestas suelen ser vistas como extremas, funcionan como un contrapeso frente a modelos excesivamente dependientes del mercado.

Otro punto que no se puede ignorar es su insistencia en la soberanía sobre los recursos naturales. En un país minero como el Perú, donde las comunidades muchas veces sienten que no reciben beneficios proporcionales, este discurso conecta. Bien canalizado —y aquí está el gran desafío— podría traducirse en mejores mecanismos de negociación, mayor transparencia y una distribución más justa del canon.

Sin embargo, sería irresponsable romantizar. La historia latinoamericana ofrece múltiples ejemplos donde la izquierda radical, al llegar al poder, ha derivado en autoritarismo, crisis económica o aislamiento internacional. El problema no es solo la intención, sino la ejecución: políticas improvisadas, confrontación constante con el sector privado y debilitamiento institucional pueden terminar agravando los problemas que dicen combatir.

Entonces, ¿qué queda? Quizá la clave no esté en adoptar su modelo, sino en rescatar sus alertas. La izquierda radical puede ser útil como una fuerza que incomoda, que obliga a mirar donde nadie quiere mirar, que pone sobre la mesa temas sociales urgentes. Pero convertir esas demandas en políticas sostenibles requiere algo que muchas veces le ha faltado: pragmatismo, respeto institucional y capacidad técnica.

El Perú no necesita saltos al vacío, pero tampoco puede seguir ignorando sus fracturas internas. En ese equilibrio incómodo, incluso las posturas más radicales pueden tener un rol: no como destino, sino como advertencia.

Redacción Sobre Ruedas News

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