Mucho discurso, poca calle
Las redes sociales han creado una nueva especie de activista político: el “general de teclado”. Son aquellos personajes que, desde la comodidad de sus hogares, estudios de grabación o transmisiones en vivo, exhortan a miles de ciudadanos a salir a las calles, enfrentar gases lacrimógenos, bloqueos, violencia y hasta posibles procesos judiciales, mientras ellos observan el espectáculo desde una pantalla.
En los últimos años, el Perú ha visto cómo diversos influencers, periodistas y comentaristas políticos han utilizado sus plataformas para incentivar movilizaciones, protestas y actos de confrontación social. Sin embargo, una pregunta surge inevitablemente: ¿cuántos de ellos están realmente presentes cuando llega el momento de asumir los riesgos?
La comodidad del activismo digital
Las redes sociales han democratizado la opinión pública, pero también han permitido que muchos construyan una imagen de valentía que no siempre coincide con la realidad.
Desde un estudio con aire acondicionado es sencillo lanzar mensajes incendiarios, llamar a la resistencia o acusar de cobardía a quienes no participan en una marcha. Lo difícil es estar en primera línea cuando aparecen los enfrentamientos, las detenciones o las consecuencias económicas que suelen afectar a los ciudadanos comunes.
Mientras algunos líderes de opinión acumulan seguidores, visualizaciones y monetización gracias a la polarización, son otros quienes terminan exponiendo su integridad física.
¿Convicción o espectáculo?
El fenómeno no es exclusivo del Perú. En todo el mundo existen figuras mediáticas que convierten la indignación política en contenido. Cada conflicto genera clics, cada polémica aumenta el alcance y cada protesta se transforma en una oportunidad para incrementar la relevancia personal.
Los críticos de figuras como Claudia Cisneros y otros influencers sostienen que existe una contradicción evidente entre promover acciones de alto riesgo y no participar directamente en ellas. Según esta visión, quienes llaman a la movilización deberían asumir los mismos riesgos que exigen a los demás.
El costo lo paga el ciudadano
La realidad es que cuando una protesta se desborda, quienes enfrentan las consecuencias suelen ser trabajadores, comerciantes, estudiantes y ciudadanos de a pie.
Los bloqueos pueden paralizar economías regionales, afectar el abastecimiento de alimentos, impedir el acceso a servicios médicos y generar pérdidas millonarias. Mientras tanto, muchos de los promotores digitales continúan transmitiendo desde la seguridad de sus hogares.
Esta situación alimenta la percepción de que existe una élite mediática que exige sacrificios ajenos sin asumir responsabilidades propias.
Entre la libertad de expresión y la responsabilidad
La libertad de expresión es un pilar fundamental de toda democracia. Cualquier ciudadano tiene derecho a opinar, cuestionar al poder y expresar su descontento. Sin embargo, también existe una responsabilidad ética cuando los mensajes pueden influir en miles de personas.
La diferencia entre informar, opinar y azuzar no siempre es clara, pero se vuelve relevante cuando las consecuencias afectan directamente a terceros.
Reflexión final
La verdadera coherencia política no se demuestra únicamente con publicaciones virales o discursos encendidos. Se demuestra cuando las acciones acompañan a las palabras.
En tiempos donde abundan los influencers políticos y los activistas digitales, los ciudadanos tienen el derecho de preguntarse quiénes están realmente comprometidos con las causas que defienden y quiénes simplemente han encontrado en la indignación una rentable fuente de audiencia.
Porque convocar a otros al sacrificio desde la comodidad de una pantalla es fácil. Lo difícil es estar dispuesto a asumir el mismo riesgo que se exige a los demás.
Redacción Leo Benvente Ibañez












