La “Santa Izquierda” y el viejo sueño de repartir lo ajeno

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En el Perú existe un sector político que se autoproclama moralmente superior. Hablan en nombre del pueblo, de los pobres, de la justicia social y de la igualdad. Se presentan como los salvadores del país frente al “capitalismo salvaje”, pero detrás de ese discurso romántico muchos peruanos ven algo mucho más peligroso: el eterno deseo de controlar el Estado para repartir el dinero ajeno y convertir el aparato público en una gigantesca caja chica ideológica.

La llamada “Santa Izquierda” peruana vive señalando culpables: las empresas, los empresarios, la inversión privada, los medios de comunicación y hasta la clase media emergente. Para ellos, el éxito económico siempre es sospechoso y la riqueza parece un pecado. Sin embargo, cada vez que han tenido cuotas de poder, las promesas de transformación terminan chocando con la realidad: improvisación, burocracia, corrupción y confrontación permanente.

El problema no es defender derechos sociales. El problema aparece cuando el discurso político se convierte en resentimiento disfrazado de justicia. Cuando se promueve la idea de que el Estado debe quedarse con todo para luego repartir favores políticos. Cuando se ataca a quienes generan empleo mientras se protege a operadores ideológicos enquistados en ministerios, sindicatos y ONG financiadas con recursos públicos.

La historia latinoamericana ofrece suficientes ejemplos. Países que comenzaron con discursos de igualdad terminaron atrapados en crisis económicas, fuga de inversiones, inflación y polarización extrema. Y aun así, en el Perú todavía existen sectores que creen que la solución pasa por más control estatal, más subsidios y más enfrentamiento entre peruanos.

Mientras millones de ciudadanos luchan todos los días para emprender, pagar impuestos y sobrevivir a la inseguridad y al alto costo de vida, ciertos grupos políticos parecen más interesados en capturar el poder que en generar riqueza sostenible. Hablan de redistribución antes de crear prosperidad. Prometen repartir sin explicar quién producirá.

La izquierda peruana haría bien en entender que el país cambió. El peruano de hoy quiere oportunidades, no discursos eternos de lucha de clases. Quiere seguridad, empleo y estabilidad. Quiere un Estado eficiente, no una maquinaria ideológica dedicada a dividir al país entre “ricos malos” y “pueblo bueno”.

Porque cuando la política se alimenta del resentimiento, el resultado casi siempre es el mismo: más pobreza, más enfrentamiento y menos futuro.

Redacción Sobre Ruedas News

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