El Perú atraviesa una de las etapas más polarizadas de su historia reciente. Cada elección, cada protesta y cada debate político parecen dividir al país en dos bloques irreconciliables: la izquierda y la derecha. Dos visiones que se enfrentan permanentemente en televisión, redes sociales y plazas públicas. Pero mientras ambos extremos libran su batalla ideológica, existe un tercer Perú que rara vez aparece en los titulares.
Es el Perú silencioso.
El Perú que se levanta a las cinco de la mañana para trabajar. El Perú que no vive de discursos políticos sino de vender, producir, manejar un taxi, abrir una bodega o sacar adelante una pequeña empresa. Ese Perú no quiere revoluciones ni guerras ideológicas; quiere seguridad, estabilidad y oportunidades para progresar.
Por un lado está el Perú de la izquierda radical, que insiste en que todos los problemas del país se solucionan cambiando la Constitución, atacando al modelo económico y enfrentando permanentemente al empresariado. Un sector que mantiene un discurso de lucha social, pero que muchas veces se queda atrapado en el resentimiento político y en recetas que ya fracasaron en otros países de la región.
Por otro lado está el Perú de la derecha tradicional, que muchas veces habla de crecimiento económico mientras ignora las enormes brechas sociales que siguen existiendo en provincias y sectores populares. Una derecha que, en ocasiones, parece desconectada de la realidad cotidiana de millones de peruanos que aún sobreviven en medio de informalidad, abandono estatal y falta de oportunidades.
Y en medio de ambos extremos aparece el tercer Perú.
El de la mayoría cansada.
La gente que no milita en partidos, que no marcha por ideologías y que ya perdió la confianza en casi toda la clase política. Son millones de peruanos que solo quieren que el país funcione: carreteras en buen estado, hospitales dignos, colegios seguros, empleo y menos delincuencia.
Ese Perú no se siente representado ni por los discursos incendiarios de la izquierda ni por la soberbia de cierta derecha elitista. Es un Perú práctico, trabajador y profundamente emprendedor. Un país que aprendió a sobrevivir sin ayuda del Estado y que siente que la política se convirtió en un espectáculo desconectado de la realidad.
La gran pregunta es quién representará a ese tercer Perú en los próximos años.
Porque mientras la izquierda y la derecha siguen peleando entre ellas, la mayoría de ciudadanos observa desde lejos con frustración. Y cuando la política deja de representar a la gente común, aparece el desencanto, el voto de castigo y la improvisación electoral.
El futuro del Perú probablemente no estará en los extremos. Estará en encontrar un equilibrio entre crecimiento económico, justicia social, seguridad y sentido común. El país necesita menos fanatismo político y más capacidad de gestión.
Porque al final, más allá de las ideologías, existe un Perú inmenso que no quiere pelear por poder. Solo quiere vivir tranquilo y mirar el futuro con esperanza.
Redacción Leo Benavente Ibañez












