«Es urgente».
Son apenas dos palabras, pero en muchas empresas se han convertido en el idioma oficial de la gestión.
Se escuchan en reuniones, correos electrónicos, llamadas y grupos de mensajería. Todo parece ser prioritario. Todo debe resolverse «para ayer». Todo requiere atención inmediata.
Pero existe un problema evidente: cuando todo es urgente, nada lo es.
La mayoría de las crisis que hoy se presentan como inesperadas no nacieron esta mañana. Llevan días, semanas o incluso meses gestándose. Simplemente nadie tomó la decisión cuando todavía había tiempo para hacerlo con calma.
La urgencia permanente no es sinónimo de compromiso ni de alto desempeño. En muchos casos, es el reflejo de una mala planificación, de procesos deficientes o de una cultura organizacional donde se premia reaccionar más que prevenir.
Y ese modelo tiene un costo enorme.
Equipos enteros pasan sus días apagando incendios en lugar de construir soluciones. Los líderes toman decisiones con información incompleta porque el reloj los obliga. Los proyectos estratégicos quedan relegados mientras lo inmediato consume toda la energía disponible.
Con el tiempo aparece el desgaste.
No porque las personas trabajen demasiado, sino porque trabajan constantemente bajo presión. La creatividad disminuye, la capacidad de análisis se reduce y el talento comienza a buscar organizaciones donde el trabajo no dependa de vivir en estado de emergencia.
Lo más peligroso es que la urgencia también resulta adictiva.
Genera adrenalina. Hace sentir que la empresa está en movimiento. Da la impresión de que todos están comprometidos porque siempre hay algo crítico por resolver. Sin embargo, muchas veces esa actividad frenética solo oculta una falta de dirección.
Las organizaciones más eficientes del mundo no son las que reaccionan más rápido a todas las crisis.
Son las que logran evitar que la mayoría de esas crisis existan.
Planifican, priorizan y ejecutan con disciplina. Entienden que la verdadera productividad no consiste en correr todo el día, sino en avanzar hacia objetivos claros.
Una empresa madura no elimina las urgencias; siempre existirán situaciones imprevistas. Lo que hace es impedir que la excepción se convierta en la regla.
Porque una organización que vive permanentemente en emergencia no está demostrando dinamismo.
Está mostrando que dejó de controlar su propio tiempo.
Y cuando una empresa pierde el control de su tiempo, tarde o temprano también pierde el control de sus resultados.
Redacción Leo Benavente Ibañez












