Durante años, el famoso “sombrero” se convirtió en un símbolo político. Representaba al Perú profundo, al hombre de campo, al discurso antisistema y al rechazo contra Lima y las élites tradicionales. Pero la política no vive eternamente de símbolos. Vive de resultados, liderazgo y capacidad de mantener una narrativa vigente. Y hoy, ese combustible político parece haberse agotado.
La figura de Antauro Humala, que durante un tiempo fue utilizada como elemento de presión, agitación y movilización radical, ya no genera el mismo impacto que antes. Su discurso confrontacional, basado en la polarización permanente y en la nostalgia de una supuesta “revolución pendiente”, comenzó a mostrar desgaste frente a un país cansado de conflictos y promesas incendiarias.
El Perú atraviesa una etapa distinta. La población enfrenta problemas mucho más concretos: inseguridad, desempleo, informalidad, crisis económica y falta de oportunidades. En ese contexto, los discursos maximalistas dejaron de conectar con gran parte de la ciudadanía. La gente quiere estabilidad, trabajo y crecimiento, no peleas ideológicas eternas.
Durante un tiempo, ciertos sectores políticos encontraron en Antauro una herramienta útil para mantener viva la indignación social. Su figura servía para agitar emociones, generar titulares y captar la atención de un electorado frustrado. Pero el problema de depender del radicalismo es que termina consumiéndose a sí mismo. Cuando el mensaje no evoluciona, se vuelve repetitivo; cuando la confrontación es permanente, pierde capacidad de sorprender.
Además, las nuevas generaciones tienen otra mirada del país. Muchos jóvenes ya no se sienten atraídos por discursos basados únicamente en el resentimiento o la división. Buscan oportunidades reales, acceso a tecnología, emprendimiento, educación y desarrollo. El viejo relato antisistema ya no basta para enamorar políticamente.
El “sombrero”, entendido como esa narrativa populista que intentó construir identidad a partir del enfrentamiento social, comenzó a quedarse sin contenido. La realidad terminó golpeando más fuerte que el simbolismo. Y en política, cuando los símbolos dejan de emocionar, empieza el declive.
Eso no significa que el descontento haya desaparecido. El Perú sigue siendo un país profundamente desigual y con enormes heridas sociales. Pero una cosa es el malestar ciudadano y otra muy distinta es creer que personajes radicales representan automáticamente una solución. Cada vez más peruanos parecen entender esa diferencia.
Hoy el escenario político se mueve hacia otro terreno. La discusión empieza a centrarse más en gestión, inversión, seguridad y capacidad de gobernar. Incluso sectores tradicionalmente antisistema empiezan a exigir resultados concretos y no solamente discursos de confrontación.
El tiempo político cambia rápido. Y lo que alguna vez fue útil como símbolo de protesta puede terminar convertido en un recuerdo de una etapa marcada por la improvisación y el desgaste ideológico. El sombrero perdió fuerza. Y Antauro, para muchos sectores, dejó de ser una pieza rentable dentro del tablero político peruano.
Redacción Leo Benavente Ibañez












