Cuando el odio se convierte en tu peor pesadilla

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Hay sentimientos que consumen lentamente. El odio es uno de ellos. No llega de golpe como una explosión, sino que se instala como un huésped silencioso, alimentándose del resentimiento, de la frustración, de la envidia y del miedo. Y cuando menos te das cuenta, ya no eres tú quien controla el odio… es el odio el que te controla a ti.

En el Perú de hoy, ese odio se ha vuelto combustible político. Se siembra con discursos radicales, se riega con promesas imposibles y florece en la división social. Se construyen enemigos donde debería haber diálogo: ricos contra pobres, ciudad contra campo, empresarios contra trabajadores. Y en ese escenario, muchos caen en la trampa sin entender el costo real.

Porque el odio no solo destruye países. Primero destruye personas. Luego familias.

Cuando alguien decide abrazar ideologías basadas en el resentimiento, empieza a ver el mundo en blanco y negro. Ya no hay matices, ya no hay razón. Solo hay “ellos” y “nosotros”. Esa lógica es peligrosa porque justifica cualquier cosa: el fracaso, la violencia, la pobreza. Todo se convierte en culpa de otro.

Y ahí es donde comienza la ruina.

El problema no es solo político, es profundamente humano. Familias enteras se fracturan por discusiones ideológicas, por fanatismos que no admiten cuestionamiento. Padres contra hijos, amigos que se convierten en enemigos, relaciones que se rompen por una narrativa que promete justicia pero entrega conflicto.

La historia ha sido clara una y otra vez: los sistemas que se alimentan del odio terminan devorando a quienes los defienden. El comunismo, en su aplicación más radical, ha demostrado en distintos países que no construye prosperidad sostenible. Promete igualdad, pero muchas veces termina nivelando hacia abajo. Promete justicia, pero termina concentrando poder. Y cuando falla —porque falla— necesita culpables. Y esos culpables suelen ser los mismos ciudadanos.

El problema es que cuando la realidad golpea, ya es tarde. La economía colapsa, las oportunidades desaparecen y quienes creyeron en el discurso se quedan atrapados en un sistema que no admite errores. Y lo más duro: no solo pagan ellos, paga su familia.

El odio, cuando se vuelve ideología, deja de ser emoción y se convierte en herramienta de destrucción.

Pero hay una salida. Y no pasa por más odio, sino por más responsabilidad. Pensar antes de seguir discursos incendiarios. Cuestionar, analizar, contrastar. Entender que el progreso no se construye destruyendo al otro, sino creando oportunidades reales.

Porque al final, el verdadero enemigo no es una clase social ni un grupo político.

El verdadero enemigo es el odio que decides alimentar.

Y si no lo controlas, puede convertirse en tu peor pesadilla… arrastrándolo todo, incluso a quienes más amas.

Redacción Sobre Ruedas News

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