COVID-19 y el olvido del medicamento

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Por Alfredo Menacho Sánchez

La idea central de este artículo es recordarnos que existen recetas tradicionales que pueden convertirse en poderosas herramientas contra el COVID-19 y otras enfermedades, dada su probada eficacia. En el caso del coronavirus, es posible amainar la velocidad de reproducción de la carga viral y ralentizar o frenar su avance de la garganta hacia los pulmones aplicando métodos antiguos y simples para combatirlo. Si se somete el virus a un ataque incesante desde diferentes ángulos e intervenciones tanto locales como sistémicas se logran resultados eficaces y baratos que, además de eficaces, son muy baratos. 

MEDICINA Y MEDICINAS 

La medicina basada en evidencias ha logrado grandes éxitos en sus poco más de 100 años de existencia, sobre todo en el tratamiento de enfermedades agudas, no tanto con las crónicas. Sin embargo, la actual crisis nos debería recordar que, desde que se puso de pie, el homo sapiens descubrió soluciones para sus males en la naturaleza circundante. Durante el último siglo y medio la medicina moderna ha limitado su enfoque al haber dado por obsoletos los fantásticos descubrimientos y hallazgos humanos y culturales de milenios. En este momento, con todos los sistemas de salud colapsados y las políticas de salud bajo la lupa, estamos obligados a recuperar ese conocimiento tradicional y ponerlo en práctica con urgencia.

La medicina tradicional, según la OMS: «(…) es una parte importante y con frecuencia subestimada de los servicios de salud. En algunos países, la medicina tradicional o medicina no convencional suele denominarse medicina complementaria. Históricamente, la medicina tradicional se ha utilizado para mantener la salud, y prevenir y tratar enfermedades, en particular enfermedades crónicas”.

Las medicinas populares, por su parte, son la tradición oral de las medicinas tradicionales, su versión familiar. Son una red social preindustrial que ha venido transmitiendo recetas y soluciones sencillas de generación en generación. Son las recetas de la abuela, los remedios de la madre naturaleza.

Alguna vez mi abuela Aurelia sacó una esquirla de acero del ojo de mi primo Eddy, que trabajaba como soldador en una hacienda de la costa norte del Perú. La esquirla era grande y gruesa, y había entrado muy profundo. Como es lógico, el ojo estaba hinchado, adolorido y sangrante. Con la serenidad de siempre, mi abuela buscó por los rincones del jardín una breve plantuela que llamaba ‘cerraja’, la pasó por un mortero y luego aplicó el líquido en esas copas lavaojos que se inventaron en el siglo XVI y que aún se pueden encontrar en e-bay. El ojo botó la esquirla al rato y mi primo no necesitó nada más para recuperarse muy pronto. De esas soluciones, mi abuela tenía cientos. 

Las recetas populares siempre han mantenido a raya enfermedades familiares, agudas y crónicas, comunes y raras, estacionales, y hasta de emergencia, como la de mi primo, y muchas de las medicinas modernas tienen en esas recetas su origen. Es obvio que no solucionan todo tipo de males, pero eso no les quita sus virtudes. Su eficiencia y eficacia están comprobadas por siglos de experiencia.  

Desde antes de la cuarentena, mi amigo César Núñez, prominente médico, investigador e inmunólogo, creador de una eficaz terapia contra el cáncer, me explicaba cómo funciona el contagio y el desenvolvimiento del COVID-19 en nuestro cuerpo y los procesos que lo agravan o controlan. Algunos detalles me impactaron:

    1) El virus penetra en el organismo en distintas cantidades según la forma de contagio: una cosa es que te toques la nariz después de exponerte a una superficie de metal infectada (pocos virus) y otra si te estornudan en la cara sin mascarilla (demasiados). Por eso la importancia de las mascarillas, sobre todo útiles para no contagiar.

    2) Se inicia el rapidísimo proceso de autoclonación que ejecuta el virus en tus membranas e inunda la mucosa nasal y/o bucal. Pasan días sin que notes su existencia. Es interesante notar que esa duplicación permanente del virus es 1,000 veces más rápida que la de otras versiones similares del coronavirus o del virus de la influenza, por ejemplo.

    3) Tu sistema inmune empieza a producir fiebre, o no si eres asintomático, pero ese es otro tema.

   4) Pasa a la garganta y las vías respiratorias superiores, con la clásica producción de tos y ardor de garganta (en algunos casos vómitos y diarreas).

   5) El virus pasa a los pulmones y, si no recibes tratamiento, produce una forma de fibrosis pulmonar que lentamente rigidiza la elasticidad natural de los pulmones e impide la respiración.

Dependiendo de tus condiciones específicas -enfermedades preexistentes, acidez crónica de tu sistema o edad avanzada- necesitarías un respirador, en caso no hicieras nada al respecto.

La velocidad de llegada a los pulmones del COVID-19 está relacionada con a) el tipo de contagio mencionado más arriba, b) la capacidad de respuesta de tu sistema inmune, y c) con las medidas que tomes o no tomes al respecto, tanto antes como después de contagiado.

El gran problema del coronavirus no es su tasa de mortalidad o la de contagio, sino su velocidad de autorreproducción en nuestro cuerpo, mil veces mayor que la de una gripe común. Esa es la que tiene atorados los sistemas de salud de todo el planeta.

La conclusión es que es crucial enfrentar el virus y no darle tregua para que llegue a los pulmones menguado y en cantidades tales que el sistema inmune lo pueda manejar.

Cualquier cosa que hagas para reducir la masa crítica de virus antes de su llegada a los pulmones te puede salvar la vida.

Conversando con otro amigo médico, José Luis Pérez Albela, recogí una de sus recetas para detener el coronavirus. Su simplicidad es brutal: cortas tres limones, dos cebollas, cuatro dientes de ajo y un pedazo de kion y lo hierves todo en 1.5 litros de agua durante 15 minutos. Cuelas y tomas cuatro tazas diarias. Voilà. Esta receta la hemos aplicado en varias familias con resultados positivos en cuatro días.

Recetas como estas son las que es necesario transmitir a toda la población a fin de amainar la velocidad, ya no del contagio, que parece ser la principal preocupación de nuestras autoridades, sino del avance de la enfermedad en quienes ya la tienen. Y cada vez seremos más.

Como esa receta hay muchas: las gárgaras de tara, uña de gato, sal; las inhalaciones de hierbas broncodilatadoras como el eucalipto, el Asmachilca o la mullaca, y las bebidas de esas mismas hierbas y otras, sumamente efectivas, producto de nuestra biodiversidad y nuestros 5 mil años de uso de plantas en el mundo andino. Es imperativo que dichas soluciones, nacidas de la medicina tradicional y popular, se validen, se comuniquen y se usen lo antes posible.

De hecho, las investigaciones científicas alrededor de las medicinas populares abundan, el problema es que no se toman en cuenta o no se conocen. Aquí algunas que sustentan lo dicho:

El ajo contiene al menos 33 compuestos de azufre, varias enzimas y minerales germanio, calcio, cobre, hierro, potasio, magnesio, selenio y zinc; vitaminas A, B1 y C, fibra y agua. También contiene 17 aminoácidos: lisina, histidina, arginina, ácido aspártico treonina, porcina, glutamina, prolina, glicina, alanina, cisteína, valina, metionina, isoleucina, leucina, triptófano y fenilalanina (Josling, 2005). Tiene una mayor concentración de compuestos de azufre que cualesquiera otras especies de Allium que son responsables tanto de olor penetrante del ajo y muchos de sus efectos medicinales”.  

Los compuestos de cebolla tienen una gama de beneficios para la salud como anticancerígeno, antiplaquetario, antitrombótico, antiasmático, antidiabético, fibrinolítico, antihelmíntico, antiinflamatorio, antiséptico, antiespasmódico, carminativo, diurético, expectorante, febrífugo, hipoglucemiante, propiedades hipotensas, litontrípicas e hipocolesterolémicas y otras diversas acciones biológicas, incluidos los efectos antibióticos”. 

Y así por el estilo para el asmachilca, para el kion o jengibre.

La idea central de este artículo es, nuevamente, recordarnos las recetas tradicionales y populares que tenemos a la mano contra el coronavirus y contra muchos otros males. Su eficacia ha sobrevivido milenios.  

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