Red Bull le tenía ganada la partida a Leclerc tanto si se reanudaba como si se sacaba bandera roja

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Los ‘tifosi’ pitaron y silbaron estrepitosamente la última vuelta del Gran Premio de Italia de Fórmula 1. Binotto no dudó en señalar que esa muestra de desaprobación y rechazo no iba contra ningún piloto, sino contra los comisarios y el coche de seguridad, que a su entender privó a Ferrari de una victoria o al menos la posibilidad de obtenerla.  

Una cosa es cierta. Acabar las carreras tras el coche de seguridad no es la mejor manera de hacerlo. Es más, no debería hacerse. Y sólo por eso ya se merecen la desaprobación del ‘respetable’.

Quizás no tuvieron en cuenta que, cuando salió el coche de seguridad, ‘su’ piloto, Charles Leclerc, estaba a 16 segundos de Verstappen y que fue gracias al coche de seguridad que pudo enjuagar esa diferencia con una pequeña ventaja adicional: cambió a neumáticos frescos.

Por eso, posiblemente, pensaron que una última vuelta lanzada, de carrera de verdad, podría haber dado a su piloto una oportunidad de invertir la situación. Algunos quizás están seguros de que hubiera sucedido.

Sin embargo, es harto dudoso de que fuera así —el reputado periodista Marc Hughes sostiene que es una fantasía pensarlo, pero las fantasías ayudan a vivir— y que Max hubiera mantenido su ventaja. 

En primer lugar, estaban todavía los doblados entremedios… no había tiempo material para desdoblarse y el reglamento no obliga a ello. Y, en segundo lugar, el Red Bull tenía, pese a sus viejos neumáticos, un ritmo espectacular.

Monza es la Catedral de la Velocidad y Ferrari actuó en este sentido: favoreció la velocidad punta, uno de los aspectos menos fuertes este año. Red Bull no lo hizo o al menos no fue tan lejos y conservó algo de carga aerodinámica: no era para favorecer la rapidez en la zona ‘más virada’ —si hay algún sector de Monza que puede calificarse así— sino para conservar mejor las gomas, protegiéndolas.

Quizás por ello, Leclerc tuvo que hacer un cambio temprano de gomas, había hecho un plano. Contra menos carga, más fácil es blocar ruedas o que estas deslicen y se desgasten de forma prematura. Y sobre todo en un coche que cuida menos las gomas que el coche del rival.

Fue aquí donde residió la clave de la carrera. La Pole de Leclerc hizo soñar, el ritmo de carrera, sin embargo, invertía los términos en favor de Red Bull. Sobre todo, cuando Verstappen dispone de un coche que le permite recuperar posiciones de forma muy rápida. En la vuelta quinta ya estaba a rueda de Charles, pese a haber salido séptimo.

Todo ello se vio cuando Leclerc, tras la parada de Verstappen, instalado en cabeza comenzó a perder terreno. Ya se sospechaba que el segundo ‘stint’ de Charles exigiría una segunda parada. El coche de seguridad que la hubiera  propiciado no llegaba y cuando Max lo alcanzó, Leclerc paró, en un intento de tener gomas frescas y acatar al final al Red Bull.

Salió a 20 segundos y a diferencia se mantuvo entre 17 y 19 segundos todo el tiempo; fluctuaciones que tenían muchas veces que ver con algún doblado. Estaba claro que Max controlaba el desgaste de sus gomas y lo tenía todo bajo control. El ritmo del holandés no era peor que el del Ferrari, pese a la diferencia de gomas. La suerte estaba echada.

Y cuando salió el coche de seguridad, quedaba claro que no habría tiempo para reordenar la carrera. Y aunque lo hubiera habido, los cronos de Leclerc en los giros anteriores no parecían suficientes como para enjuagar la diferencia en un solo giro e invertir las posiciones. Y con bandera roja y pudiendo cambiar gomas, mucho menos.

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