Joan Mir, de los patines a campeón del mundo de Moto GP

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Se había ganado el derecho a conquistar el título de MotoGP sin importarle lo que hicieran los demás. Con solo subir al podio, lo que había logrado en siete ocasiones en este curso, Joan Mir abrazaría su primer título en la máxima categoría. Pero había sembrado muchas otras opciones para llegar al mismo punto. Le ha sido suficiente con una victoria en todo el año y ni siquiera ha necesitado en podio en el Gran Premio de Valencia para suceder a Marc Márquez en el palmarés de MotoGP. Ganó Franco Morbidelli, con Jack Miller segundo y Pol Espargaró, tercero. Pero a Mir, fiel a su paciencia, le bastó superar cinco plazas desde su duodécima posición de la parrilla para dejar sentenciado el Mundial en la penúltima carrera. En un Mundial con muchas decepciones, incluso se lo puso más fácil Fabio Quartararo, con caída en las primeras vueltas. Joan Mir, campeón del mundo de MotoGP.

En este año atípico, un campeón atípico. Uno que no nació con una moto bajo el brazo sino que descubrió la velocidad enfundado en unos patines. La tienda familiar le ofreció un mundo de velocidad y equilibrio que ya estaba formando, aun sin saberlo y solo por diversión, un competidor nato de las dos ruedas. Cuando descubrió que un primo de su padre, Joan Perelló, disputaba carreras de 125cc, se bajó del patín y emprendió el sueño de las motos, previa autorización de sus padres, ajenos por completo a este mundo. Un plan A sin puerta trasera y ni tan siquiera esa tradición directa que suele ser lo común entre sus colegas de parrilla. Un plan A que estuvo muchas veces al límite de derrumbarse porque, en este deporte, en esta vida, no todas las apuestas se basan en el talento, también hay mucho de oportunidad.

El piloto comenzó a dar vueltas a los circuitos con 10 años. Y pasó por todos los escalones tan rápido como iba en moto. Se curtió un año en la escuela de Chicho Lorenzo, pero los métodos no convencieron a los padres. Con la Federación Balear de Motociclismo pasó a la Cuna de Campeones, donde ya hubo triunfos de prestigio y proyección. Pero, lo dicho, no todo es talento. Después de las felicitaciones y las promesas de futuro, a Mir se le cerraron las puertas del Mundial en 2015. Ningún equipo estaba dispuesto a apostar por este prometedor piloto, subcampeón de la Red Bull Rookie Cup sin más apoyos que la ilusión y lo que podían reunir los parientes más cercanos. Su representante, el abogado Paco Sánchez, y buen conocedor de la familia de MotoGP, vio claro su potencial. Le compró un asiento en uno de los equipos con menos recursos del Campeonato de España de Velocidad Moto3. Pero Mir no defraudó y pagó con buenos resultados la confianza. Cuarto con una moto que competía con grandes marcas como Monlau -escuela de Emilio Alzamora- o Ajo. También con madurez, pues mientras para otros deben forzarse los reglamentos para registrar récords de precocidad, el mallorquín ya tenía cumplida la mayoría de edad cuando entró, llamando con velocidad pero sin ruido, en el Mundial. Pero a partir de ahí, fue derribando puertas cada vez más grandes: contrato en el Leopard Racing para 2016 -victoria en el Gran Premio de Austria- y 2017 -título mundial-; otro con el Marc VDS Estrella Galicia para su presencia en Moto2 en 2018, y a mitad de esa temporada, el salto a las estrellas con Suzuki. Con 21 años.

Mientras unos pensaban que el salto era demasiado arriesgado, demasiado pronto, quizá mortal, Mir hacía su camino. «Es joven y aquellos rumores de que iba muy rápido no le afectaron. Tenía claro que quería llegar a MotoGP. Lo tenía todo orientado para ser campeón del mundo. Su llegada fue tardía, pero quizá por eso quemó etapas más rápido. También es alto (1’80) y no podía esperar mucho para una moto más grande. Ser campeón de Moto2, además, no condiciona nada. No da un plus ni cuando ganas ni cuando no lo ganas. No hay una regla. Y hay otros muchos ejemplos: Messi o Ansu Fati, ¿deberían quedarse en juveniles? Hay que saber gestionarlo, eso sí, pero si los dejas en la que dicen que es su categoría a lo mejor se pierden por el camino», explica Sánchez a este diario.

Su triunfo este 2020, el más regular de la parrilla, le ha dado la razón. Progresión meteórica a las estrellas. Campeón del mundo de MotoGP. Con 23 años. Solo cinco años después de entrar en el Mundial. Uno menos de lo que les costó morder el título a Marc Márquez o a Valentino Rossi.

No ha llegado de la nada. Agresivo y concienzudo, calculador, talentoso, decidido y ordenado. «Cuando el conductor recoge el motorhome de Joan, siempre dice que está más limpio que cuando se lo dejó», dice Sánchez.

Así también en el garaje de Suzuki, donde tiene una gran relación con Davide Brivio y otra cordial y de respeto con su compañero Álex Rins. Pero sobre todo hay ideas muy claras y muchas horas de trabajo. «Siempre esta entrenándose, y entrenándose y entrenándose -con otros pilotos como Tito Rabat-. Sobre dos ruedas: bici, o cualquier tipo de motos, de todas las modalidades, con la misma intensidad con la que compite. Tiene una gran capacidad de trabajo», señala Sánchez. De hecho, su aparente calma solo se ve alterada por la impuntualidad si se ha quedado a una hora para trabajar. «No es fácil sacarlo de sus casillas, salvo si ve que no eres profesional».

Muy de casa

La calma le viene de carácter. Ese carácter mallorquín que le hace introvertido, poco amigo de las redes sociales, muy familiar y muy de casa. En cuanto puede, viaja a Palma para ver a su padre, Juan, que sigue con la tienda de patines RollandRoll, con algunos guiños al 36 (número del piloto) en el escaparate, y su madre, Ana Mayrata, y a sus hermanos Mauro y Fiona. «La familia ha seguido su vida normal, no han dejado sus trabajos como otros pilotos. Tienen la relación de seguir a su hijo, pero dejándole espacio para que sea él el protagonista, claro. Es como si Joan fuese bombero», indica Sánchez.

Está aprendiendo a gestionar el éxito con la prensa y los aficionados. Prefiere pasar los días en su casa, con su novia Alejandra, mallorquina como él, y sus tres perros. Con paseos por la naturaleza, rodeado como vive de ella en Andorra. Con eso, series y videojuegos es feliz. De hecho, para Mir el sacrificio es ir a una fiesta. «Eso sí, dos días al año celebra una fiesta con sus amigos y ahí sí se lo permite todo», confiesa su representante.

Su debilidad confesa es el mar, navegar, alquilar un barquito y perderse una semana al año por el Mediterráneo. Y aunque no lleva un régimen estricto, le gusta comer bien. De hecho, lo catalogan como «muy gourmet«: «le gusta el buen pescado, el marisco, el jamón ibérico…».

En su menú diario, para desayunar, tostadas con jamón, aguacate, queso, huevo… En los circuitos este año, con las restricciones, sandwich y leche con cereales.

Mir también es atípico en su relación con el mundo. Ha tenido su infancia, sus estudios y no todo su planeta es el motociclismo. Mientras muchos de sus compañeros viven en sus burbujas porque poco más han conocido, Mir ha tenido una vida normal, con sus salidas con sus amigos los viernes después del colegio a los parques de skate. «Directos a hacer el loco. Me lo pasaba pipa, pero pipa», confesaba el propio piloto esta semana a este diario. De ahí que no sea ajeno a lo que lo rodea. «Es de los pocos jóvenes que ve las noticias, siempre está al día y te comenta y te pregunta. Eso le ha hecho asumir que es un privilegiado», confiesa Sánchez. Le afectó lo que escuchaba sobre la pandemia, y restringió las noticias. De ahí sus palabras días antes del Gran Premio de Europa, en el que logró su primera victoria: «Los que tienen presión son los que tienen que pagar el alquiler y llevar comida a casa». El chaval de Mallorca, natural y sencillo, es campeón del mundo de MotoGP. Su nombre ya siempre en la historia de este deporte: Joan Mir.

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